Hay una idea recurrente sobre el archivo: la de un recinto ordenado donde el pasado aguarda, quieto y disponible, a que alguien lo convoque. Esa imagen, la de un espacio metódico, los expedientes numerados, el polvo como signo de autenticidad, presupone que el tiempo puede ser custodiado sin que quien custodia decida algo; que la conservación es neutral, técnica, apolítica. Jacques Derrida desmonta esa fantasía con una precisión que ha mantenido su vigencia: archivar es un acto de soberanía.¹ En Mal d’archive (1995), el archivo aparece como dispositivo: selecciona, excluye y produce lo que finge meramente preservar. Todo registro es político porque toda clasificación responde a un orden que determina, antes de cualquier consulta, qué sobrevivirá y qué se dejará perecer.²
Esta violencia, y Derrida usa la palabra con cuidado, es la condición estructural del archivo, presente incluso en el más recto y el más transparente. El arkhē griego del que se deriva la palabra designa simultáneamente origen y mandato, principio y autoridad.³ Todo archivo instaura, desde su fundación, un régimen de lo legible.
Achille Mbembe radicaliza esta lectura al examinar los archivos coloniales sudafricanos.⁴ Lo que encuentra es lo que llama un «aparato de administración de cuerpos»: una tecnología de gobierno que clasifica poblaciones, sanciona disidencias, distribuye recursos y fija jerarquías raciales en papel. El documento colonial articula una sociedad, la hace gobernable. Ann Laura Stoler, trabajando con archivos holandeses en Indonesia, añade otra capa: los documentos sobreviven porque un régimen de visibilidad los sostiene, porque hay intereses que mantienen su legibilidad frente a otros que la obstruyen.⁵ El «permiso» de ser leído, o su denegación, es en Stoler el núcleo operativo del archivo: lo relevante es a quién le habla y desde qué posición de poder.⁶
La noción de «memoria viva» apunta a la capacidad del documento de irrumpir en el presente con efectos que quienes lo produjeron y quienes lo archivaron dejaron abiertos. Verne Harris, teórico y archivista que trabajó con la Comisión de Verdad y Reconciliación sudafricana, lo formula desde una ética de la práctica: custodiar archivos implica decisiones morales que determinan qué historias podrán emerger mañana.⁷ El archivista es, quiera o no, un agente de futuridad. Qué se digitaliza primero, qué se describe con qué vocabulario, qué fondos reciben recursos y cuáles se dejan deteriorar: cada una de esas decisiones es una intervención en el tiempo.⁸
Esta dimensión performativa cobra una textura particular cuando se piensa en documentos concretos. Una fotografía familiar puede desestabilizar narrativas genealógicas que parecían incuestionables. Un expediente policial puede reescribir la historia de una comunidad que el Estado prefirió invisibilizar. Un censo colonial, leído a contrapelo, expone desapariciones que la historiografía oficial omitió. Un acta municipal del siglo XIX puede inclinar un litigio territorial contemporáneo. Lo que estos ejemplos comparten es la operación: el documento regresa, y al regresar, reconfigura. Funciona, en términos de J. L. Austin que Harris retoma implícitamente, como un enunciado performativo: constata y hace al mismo tiempo.⁹
En América Latina, esta dinámica tiene historia larga y urgencia presente. Los archivos públicos de la región son, en su mayoría, herencias de dos lógicas superpuestas: la colonial, que los concibió como instrumentos de dominación territorial y racial, y la autoritaria, que los usó para vigilar, perseguir y borrar.¹⁰ Ambas lógicas coexisten, con frecuencia en continuidad, en fondos que hoy se invocan en contextos radicalmente distintos a los de su producción. En México, los archivos de la Secretaría de la Reforma Agraria o los registros parroquiales que documentaron tierras comunales durante la Colonia han reaparecido en litigios zapatistas y en demandas de restitución de comunidades indígenas, demostrando cómo un documento largo tiempo ignorado puede resucitar con consecuencias jurídicas y políticas inmediatas.¹¹ El archivo es jurisprudencia diferida.
Esta tensión, entre el archivo como instrumento de dominación y el archivo como recurso de impugnación, se sostiene como campo de disputa permanente. Michel-Rolph Trouillot, en Silencing the Past (1995), muestra que el poder actúa en el archivo en cuatro momentos distintos: en la creación del hecho (qué se registra), en la producción del archivo (qué se guarda), en la construcción de la narrativa (qué se cita) y en la producción de la historia (qué se consagra como relato).¹² Intervenir en cualquiera de esos momentos es intervenir en la política del pasado.
Gaveta.org opera desde esta premisa. Como laboratorio que hace visible la actuación política del documento: los casos en que un papel altera una trayectoria vital, la restitución que un expediente olvidado hace posible, la exclusión que una decisión archivística rutinaria perpetúa. El archivo requiere lectores que entiendan que leer es también, siempre, tomar posición.
Notas
¹ Derrida articula la soberanía archivística en torno al concepto de arkheion: el domicilio de los magistrados (arkhontes) que tenían el poder de interpretar y hacer cumplir los documentos bajo su custodia. La autoridad del archivo es, en su origen, la autoridad de quien lo guarda. Véase Derrida, J. (1995). Mal d’archive: une impression freudienne. Galilée, pp. 11–14.
² Esta idea tiene un antecedente directo en Michel Foucault, quien en L’archéologie du savoir (1969) distingue entre el archivo como «sistema de enunciabilidad» y como «sistema de funcionamiento»: el archivo no es la suma de los textos conservados sino la ley de lo que puede decirse en una época. Foucault, M. (1969). L’archéologie du savoir. Gallimard, pp. 170–173. Derrida lleva esta lógica más lejos al señalar la pulsión de destrucción (pulsion de mort) inherente a todo gesto archivístico: conservar implica siempre la posibilidad de borrar.
³ La doble significación de arkhē es central en el argumento de Derrida y ha sido retomada extensamente por la teoría archivística crítica. Véase también Steedman, C. (2002). Dust: The Archive and Cultural History. Rutgers University Press, cap. 1, para una lectura materialista del problema del origen en los archivos históricos europeos.
⁴ Mbembe, A. (2002). «The Power of the Archive and its Limits». En Hamilton, C. et al. (eds.), Refiguring the Archive. Kluwer, pp. 19–26. El análisis de Mbembe se inscribe en su proyecto más amplio de pensar la necropolítica y las tecnologías coloniales de administración de la vida y la muerte. Véase Mbembe, A. (2003). «Necropolitics». Public Culture, 15(1), 11–40.
⁵ Stoler, A. L. (2002). «Colonial Archives and the Arts of Governance». Archival Science, 2(1–2), 87–109. Stoler desarrolla esta tesis con mayor amplitud en su libro posterior Along the Archival Grain: Epistemic Anxieties and Colonial Common Sense (2009), donde propone leer los archivos coloniales no solo «a contrapelo» (Benjamin) sino «a favor del grano» para comprender las categorías cognitivas y afectivas que los producen. Stoler, A. L. (2009). Along the Archival Grain. Princeton University Press.
⁶ Esta formulación dialoga con el concepto gramsciano de hegemonía: la legibilidad del documento es también un efecto de relaciones de fuerza que naturalizan ciertas voces y marginan otras. Para una aplicación de Gramsci a la teoría archivística, véase Schwartz, J. M. y Cook, T. (2002). «Archives, Records, and Power: The Making of Modern Memory». Archival Science, 2(1–2), 1–19.
⁷ Harris, V. (2002). «The Archival Edge». En Hamilton, C. et al. (eds.), Refiguring the Archive. Kluwer, pp. 61–79. Harris desarrolla esta ética desde una perspectiva explícitamente derrideana: si el archivo es siempre incompleto y parcial, la responsabilidad del archivista consiste en mantener abierta esa incompletitud, resistiendo la tentación de clausurar el sentido. Harris llama a esto «custodiar el rastro»: no administrar una totalidad sino sostener una herida en el registro.
⁸ La idea del archivista como agente de futuridad conecta con los debates contemporáneos sobre archivos digitales y preservación a largo plazo. Véase Gitelman, L. (2014). Paper Knowledge: Toward a Media History of Documents. Duke University Press, especialmente el capítulo sobre la lógica del formato como decisión política.
⁹ Austin, J. L. (1962). How to Do Things with Words. Oxford University Press. La categoría de performatividad, desarrollada por Austin y radicalizada por Judith Butler en el campo de los estudios de género, ha sido apropiada por la archivística crítica para pensar documentos que producen las realidades que enuncian: actas de nacimiento, títulos de propiedad, sentencias judiciales. Véase Butler, J. (1993). Bodies That Matter. Routledge, pp. 1–23, y su aplicación archivística en Geddes, J. (2018). «Performative Documents». Journal of Documentation, 74(3), 578–591.
¹⁰ Para el caso latinoamericano, la superposición de lógicas coloniales y autoritarias en los archivos públicos ha sido estudiada sistemáticamente por el Archivo General de la Nación de Argentina en relación con los archivos de la dictadura militar (1976–1983), y por el Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP) en Colombia. Véase también Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI, para una teorización del uso político de archivos en contextos de justicia transicional latinoamericana.
¹¹ Sobre el uso de archivos coloniales en litigios agrarios mexicanos contemporáneos, véase Florescano, E. (1997). Etnia, Estado y Nación. Aguilar, cap. 4, y los informes del Tribunal Agrario sobre prueba documental histórica en casos de restitución de bienes comunales. Para el caso zapatista específico, González Casanova, P. (1995). «Causas de la rebelión en Chiapas». Política y Cultura, 4, 1–13.
¹² Trouillot, M.-R. (1995). Silencing the Past: Power and the Production of History. Beacon Press, pp. 26–29. El esquema de los cuatro momentos de silenciamiento ha sido uno de los marcos más citados en la historiografía crítica latinoamericana. Véase su aplicación al caso de los archivos de la esclavitud caribeña en el capítulo «An Unthinkable History: The Haitian Revolution as a Non-Event», pp. 70–107.